lunes, 17 de diciembre de 2012

"DIOS MIO GRACIAS, PENSÉ QUE NUNCA IBA VOLVER A VER A MILLOS CAMPEÓN"

"Me acuerdo cuando llegué a vivir al barrio la Granja y alguien me dijo que pasando la avenida, era el sitio donde entrenaba Millonarios.  Fui, vi  jugar a Willington  Ortiz y desde ese día me enamoré del azul"



La hinchada celebra tras conseguir el título
Todo, o tal vez casi todo se ha dicho sobre el título y consecución de la estrella número 14 de Millonarios, que fue merecida, que la ganó el equipo que lideró de principio a fin el campeonato, que tenía una propuesta de juego mejor que la del Medellín, que coronó con un título una campaña sensacional que por poco le permite hacer un doblete histórico de Liga y Copa Sudamericana, en fin, todo cierto, todo merecido.

En esta ocasión quiero tratar de la manera más acertada y sincera posible, de describir con palabras lo que vi reflejado en uno de esos hinchas que a pesar de haber visto coronarse al cuadro embajador en los años 1972, 1978, 1987 y 1988, celebró y lloró como niño el título del domingo 16 de diciembre de 2012, fecha que sin duda quedará marcada en su memoria, al igual que en la de millones de hinchas que ayer tuvieron la oportunidad de ver el renacer de "el más veces campeón" como bien lo dijo don Porfirio, mi padre.

El día empezó temprano para él , rápidamente se alistó y como presagio de lo que sucedería, 14, sí,  14 horas después, se puso la camiseta de su millitos del alma y me despertó para que se la viera puesta, ese día quería que todos tuvieramos claro que no era un día cualquiera.  No pudo ir al estadio, pero eso no lo hace clasiquero, lejos está de eso, su amor por el embajador es verdadero, simplemente la economía y la violencia lo ha alejado en los últimos años del Campín.  Pero él conserva imborrable en su memoria esas épocas de adolescencia en las que se iba al Nemesio para ver a Brand, Ortiz y Morón demoliendo a todo el que venía a Bogotá a enfrentar al equipo albiazul.

Como seguramente la ansiedad lo arropaba, cerró temprano su ferretería, las ventas no fueron las mejores, pero eso el domingo poco y nada importaba.  Llegó a casa y se aprovisionó de "relajantes" antes de que la ley seca entrara en vigencia, no sabía a ciencia cierta si el título se quedaba en Bogotá, pero el guarito se iba a acabar fuera cual fuera el resultado final.   Como lo hacen los hinchas de antaño, puso el televisor en mudo y prendió el equipo para escuchar la transmisión, sólo que esta vez no acudió a su emisora habitual, esa en la que el narrador canta el gol sin que se le destiemple la voz, en esta ocasión quería escuchar una transmisión parcializada, él no quería saber de equilibrio periodístico, sólo quería tener la certeza de que al otro lado del aparato estaba alguien que tuviera un sentimiento aprisionado durante 24 años  igual que el suyo.

Las cosas de arranque empezaron a acelerar sus latidos, el balón en el palo de Otálvaro le sacó un grito que a mitad de camino se ahogó cuando rebéldemente el esférico se marchó hacia la linea final, se hacía justo brindar con su yerno para calmarse un poco, esto hasta ahora empezaba.  Los minutos pasaban y el sacudón de los primeros minutos para el Medellín menguaba, la historia empezaba a repetirse, el dominio del balón era azul pero no se hacía daño y a don Porfirio se le empezaba a desencajar el rostro, pero justo antes de la decepción de despedir el primer tiempo vino el gol de Cosme, sí, de Cosme.  Le faltaron brazos para abrazar a todo el que le pasó por el lado, le sobraron piernas para saltar cual boxeador en pleno entrenamiento, y en una muestra de humildad expresó "Gracias por cerrarme la jeta Cosme, gracias, así se hace".

Las vuvuzelas empezaron a sonar por todo el barrio, la 14 estaba cerca y el entretiempo dio cabida a las anécdotas ligadas a las mejores épocas del ballet azul.  "Recuerdo que recién desempacado de Ibagué llegué al barrio la Alquería, en el sur, allí duramos un tiempo, sin un peso en el bolsillo, yo era jóven.  Después nos trasteamos, me acuerdo cuando llegué a vivir al barrio la Granja y alguien me dijo que pasando la avenida, era el sitio donde entrenaba Millonarios.  Fui, vi  jugar a Willington  Ortiz y desde ese día me enamoré del azul".

Por primera vez confesó que fue difícil para él empezar a moverse en Bogotá durante los años 70s, él venía de una ciudad mucho más pequeña y estaba prácticamente solo, pero la primera ruta que se aprendió de memoria fue la que lo llevaba de la casa en que vivía en el barrio La Granja, hasta el estadio El Campín.  La cita era cada 15 días para encontrarse con un amor que empezaba a crecer como una bola de nieve llamado Millonarios.

Empezó la segunda parte y el empate del Medellín le cayó como baldado de agua fria, no hubo espacio ni para recriminar, fueron segundos en los que no pronunció palabra alguna y al igual que quienes estaban en el estadio, su rostro reflejaba todo el daño que ese gol había producido en su interior.  Otro guaro y a recargar energías, por lo menos en esta serie el gol visitante no valía.

El poderoso puso el candado y Millonarios no encontró la llave en lo que restó de partido, don Porfirio recorría los pasillos de la casa una y otra vez como buscando respuesta entre las paredes a la falta de definición de un equipo que tuvo el balón, pero que no supo como traspasar la puerta del gol que durante más de dos décadas estuvo tocando a lo lejos y que esa tarde de domingo necesitaban como fuera que se abriera.  No había caso, la chapa no se movió en los 90, inevitablemente el camino para echarla abajo y celebrar requería de tomar impulso para pegarle desde los once pasos mientras el corazón del hincha ya latía en sus manos.

Empezó la tanda de penales y sus plegarias sólo se dirigían a pedir que los rojos le erraran al arco.  Cuando Herner la estrelló en el palo, de nuevo se llenó de vida para fundirse en un solo abrazo con sus hermanos de divisa, parecía que la estrella se descolgaba del cielo para caer directamente sobre el escudo de Millonarios.  Pero el arquero del DIM, Castellanos, volvía a alejarla cuando le atajaba el lanzamiento a Ómar Vásquez, la decepción en el rostro de don Porfirio era total.  Sus ojos se cerraron unos segundos, sin duda el asunto ya requería de ayuda divina.

Se paró a unos once pasos del televisor, los mismos que había entre el balón y Luis Delgado. A Porfirio no le daba más el corazón y el hombre del Medellín no podía con las piernas.  Golpea el balón y...lo botó, lo botó, lo botó...¡Millonarios campeón! Mi padre se transportaba a la cancha y soñando despierto se lanzaba de rodillas hacía la mitad de la sala para gritar campeón, para llorar de alegría,  para dar ese abrazo que se hizo esperar casi un cuarto de siglo, para agradecerle a Dios que no se iba a ir de este mundo sin volver a ver a su millitos del alma dar la vuelta olímpica.  No era 24 ni 31 pero llamó a todo aquel que él sabía compartía su mismo sentimiento, se acordó de su hermano, de su sobrino, del amigo, de su ex nuera, de todos.   "Que viva Millonarios" gritó por la ventana, en la vida lo vi tan feliz como el 16/12/2012.

No te lo dije ese día porque...bueno...tú lo sabes.  Pero hoy confieso que me alegre por vos.  

FELICITACIONES CAMPEÓN.


Por Javier Carbonell

5 comentarios:

  1. Genial, emotivo y cautiva. Teniendo en cuenta que tus afectos no están con el Azul. Un saludo a don Porfirio.

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  2. Los invito a que firmen sus comentarios, nos encanta saber que nos leen y queremos saber quien nos escribe.

    JAVIER CARBONELL

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  3. MUY PERO MUY BUENO ESTE ARTICULO!! LA VERDAD ME HIZO REVIVIR CADA SEGUNDO DE ESE PARTIDO!! GRACIAS MILLOS GRACIAS DIOS!! GRACIAS POR ESTA FELICIDAD QUE CON LAGRIMAS Y ABRAZOS CELEBRAMOS MAS DE UNO!

    CAMILO CARBONELL PINTO

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  4. me encanta este articulo que historia tan real y nos alegra a todos los lectores ANA

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  5. Muy buen articulo Javi, Me imagino la emoción de don Porfirio.

    Oscar Mendez

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